Cuando vayas a Madrid, chulona mía…

 

Por Verónica González Laporte

“España, a veces madre siempre madrastra, quererte tanto me cuesta nada…” mientras bajaba por las escalinatas del metro en Madrid, iba recordando esta canción de Ana Belén.

Nada me emociona más que perderme en una ciudad desconocida, o casi. Sin mapa, sin dirección precisa, con tiempo. Son resabios del pequeño Robinson Crusoe que todos llevamos dentro. Mejor aún si no entiendo los anuncios, los carteles, o si no hablo el idioma. Para alguien como yo, incapaz de distinguir más Sur que el que se halla debajo de las suelas de mis zapatos, es un reto enorme.

A Madrid fui a dar en mi búsqueda. Siempre ando buscando algo o alguien. Y siempre me pierdo. Dejé ya de preocuparme por hallar el rumbo, me basta con hallar ese algo, o a ese alguien. A menudo simplemente se trata de mi misma. Sin brújula, suelo saludarme y reconocerme. A veces incluso, perdonarme. Supongo que en la era del “yoyismo”, del “Mi”, del “Mío”, semejantes declaraciones no los asustan.

Algunos no soportan viajar solos. Necesitan compartir sus emociones, sus descubrimientos, charlar hasta la madrugada, subirlo en Facebook. Extraña paradoja del “mi”.

A mí no me molesta en lo más mínimo viajar sola, al contrario. Aunque de alguna manera, escribiendo para ustedes, queridos lectores, estoy infringiendo la regla. Porque les cuento.

Les que cuento que lo primero que me ha llamado la atención es la increíble cantidad de lectores en el metro madrileño. No les miento, a cualquier hora del día, dos de cuatro pasajeros se halla leyendo. Novelas de preferencia, pero también cuentos, poesía, historietas. Los profesores corregían los exámenes de sus alumnos, los alumnos revisaban sus apuntes (¿algún examen tardío, en pleno verano?). No sabía si clavarme en la sección cultural de “El País” de mi vecino de la izquierda, o en el vericueto de mi vecino a la derecha, un Ruiz Zafón cuyo título no alcancé a distinguir. De vez en vez, las hojas de los libros se alzaban con la brisa que algunas majas levantaban cuando sacudían sus abanicos. No es cliché, con 38 grados a la sombra, el accesorio indispensable era EL abanico. De no contar con uno, el mapa del metro o la promoción impresa de Burger King servían, al menos para darnos la sensación de que no nos quedábamos de brazos cruzados.images 26 Cuando vayas a Madrid, chulona mía…

Lo segundo que noté, es la galantería masculina. Si, un hombre me cedió su lugar en el metro. “Hágame el favor” me dijo designando su asiento. Pensé que se bajaría en la estación siguiente, pero no, se siguió hasta la del Sol, igual que yo. Pensé que a cambio me pediría mi número de teléfono, pero no. Después de una corta sonrisa, regresó a su lectura como si nada, prendido como podía al tubo de metal, mientras detenía con los pies, el carrito del supermercado. Y además va de compras, pensé conmovida.

Luego, en un parque, después de dos horas de haberme realmente perdido en un barrio en el cual pasé de una carnicería hallal a una carnicería kosher, de mujeres con el rostro cubierto a las que vestían sus atuendos africanos tradicionales, me senté en una banca. Debí haber tenido la cara desamparada de una turista que de pronto perdió de vista “El Corte Inglés”, cuando se acercó él. Debajo de unas pestañas negrísimas, una mirada de toro bravío entrando a la plaza. Veloces saetas, negro el mantón de Manila. El romancero gitano en pleno…Recordé los versos de García Lorca: “La luna vino a la fragua con su polizón de nardos, el niño la mira, mira, el niño la está mirando”. Mi caballero vestía una playera de la NBA agujerada, bermudas de mezclilla roída y tenis de lona de color indefinido. Me preguntó si podía ayudarme, le dije que no, gracias. Sentí un piquete doloroso en la pantorrilla: una hormiga gigante acababa de romper el idilio con su mordedura. Sin emitir el menor “aouch”, me levanté de la banca. Entonces, él se tocó el corazón con la mano derecha, hizo una profunda reverencia frente a mí y dijo, grandioso: “A sus pies, señora”. Sin más, se dio la media vuelta. Suspiré hondo.images 25 Cuando vayas a Madrid, chulona mía…

No todo son saetas y ojos negros. No crean que me la creo.

La crisis es terrible. No hay trabajo, no hay ahorros. Y si, pude constatar el descontento. Las cientos de personas que bajaron por el Paseo del Prado para manifestarse en contra del paro, frente al Congreso de los Diputados. Los gritos, las playeras blancas “no al paro”, la rabia. No es para menos. España se halla a la cabeza de los países con el más alto índices de “parados” de Europa, aún después de Grecia, con un 12.1% mientras que en el resto de los países de la Unión es del 10,9% (Fuente: Eurostat, oficina comunitaria de estadística). ¿Qué de cuánta gente estamos hablando? De alrededor de unas seis millones de personas. La tasa de desempleo alcanzó en abril 27,16%.

Además, durante mi estancia, me tocó el accidente de tren que viajaba de Madrid a Santiago de Compostela, el pasado 24 de julio, la víspera de las fiestas del santo patrono. Bastó una distracción del conductor, en una curva peligrosa, a una velocidad del doble de la permitida, para acabar con la vida de 79 personas. Toda España estaba de luto, “los ojos del mundo están puestos en Santiago” encabezaban los diarios. ¿Cómo consolarlos? ¿Cómo no sentir empatía, cuando en los restaurantes, en los museos, en los cafés, en la calle, no se hablaba más que de eso?images 241 Cuando vayas a Madrid, chulona mía…

Hay pueblos que por naturaleza son alegres, o tristes, o dramáticos. Podría ser el clima que influencia estos rasgos culturales, o el ADN, o la comida, yo qué sé. Lo cierto en que en Madrid me siento en casa. Como muchos mexicanos de hecho, distinguibles (más no siempre distinguidos) entre mil por su lenguaje florido –no guey, ni madres guey-.

Porque en ninguna otra ciudad he visto a una anciana con el pelo ralo detenido por una flor rojo carmín y sus zapatos del mismo color, abanicándose el rostro con garbo mientras espera el bus. O charlado con una historiadora de 93 años, de la familia Lerdo de Tejada, que por el simple hecho de mencionar mi nacionalidad me abrazó como si fuera yo su sobrina. O paseado en la calle de la Paloma, en la calle del Águila, viendo a los madrileños de todas las edades bebiendo cañitas, hasta altas horas de la noche.

Que la vida es cruel y corta, todos lo sabemos y a todos se nos olvida. Que la vida una sarta de efímeros instantes que nos debemos disfrutar, los españoles lo tienen claro, aún en tiempos de crisis.

 

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  1. Brenda Gzz
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